El eterno mal menor: elecciones en madrid

Como cada cuatro años, a los adultos empadronados en los municipios madrileños se nos invita a reconectar con nuestra infancia en una temporal vuelta al cole. Concretamente, al colegio electoral. Toca hacer gala de esperanza e ilusión mediante nuestra participación en la fiesta de la democracia regional. Nuestros Reyes Magos favoritos, Legislativo y Ejecutivo, prometen pasarse a repartir caramelos. Judicial está ocupado tramitando sus movidas; los desahucios no se convocan solos.

Francisco Franco votando
Foto: Francisco Franco votando en un referéndum del régimen, 1966. La democracia no emana de las urnas.

Los hechos que caracterizan a la socialdemocracia

Se podrían escribir enciclopedias enteras sobre los engaños y desengaños que supone votar a los partidos de la izquierda parlamentaria. La historia reciente ofrece innumerables ejemplos a todo aquel que se disponga a observarlos. Sin ir muy lejos en el espacio ni en el tiempo, el PSOE ha sido el partido del terrorismo de Estado y de las grandes desindustrializaciones. También podemos elegir ejemplos de causas externas, como el brutal avasallamiento al que la Unión Europea sometió a Syriza, o internas, como aquellos que sean los motivos que tiene el gobierno PSOE-Podemos-PCE para no cumplir ni una sola de sus promesas electorales relevantes.

Si los partidos socialdemócratas son incapaces de resolver los problemas de la clase trabajadora, no es exclusivamente porque sus líderes sean unos vendidos. Tampoco es porque no sean lo suficientemente firmes, valientes o decididos a la hora de luchar por reformas favorables. Si algo de esto fuese cierto, bastaría con votar mejor, con elegir representantes institucionales más honrados. Bajo esta premisa se hizo su hueco Podemos, recogiendo todo ese empuje heredado de los movimientos populares y encauzándolo institucionalmente. Las justas consignas contra el bipartidismo albergaban en su seno la posibilidad de reconocer que cualquier partido que entre a las instituciones está sujeto a sus normas, pero se quedaron cortas. Se quedaron en la denuncia de los partidos concretos y a los corruptos de turno. En algún punto se concluyó que los problemas del pueblo no tienen origen en un Estado que los impone mediante su entramado legislativo, judicial y policial, sino que los causan los malos dirigentes de dicho entramado. Y que la solución era, simplemente, votar mejor.

Zapatero firma la reforma de la Constitución
Foto: Zapatero firma la reforma de la Constitución impuesta por la Unión Europea, dando prioridad absoluta a la deuda extranjera, 2011. Nadie votó para esto, pero ocurrió igual.

Unos cuantos años más tarde, la broma ha terminado de perder la gracia. El gobierno PSOE-Podemos-PCE, el resultado de votar bien, demuestra ser otro perfecto gestor de la explotación de los trabajadores. El grado de represión que asfixia a todo movimiento popular se ha disparado. La militarización de los barrios del sur de Madrid para escoltar a Vox da muestra de hasta qué punto el PSOE está a gusto desplegando a hombres armados a cada oportunidad que tienen. Presos y perseguidos políticos de toda índole (comunistas, anarquistas, independentistas) siguen entre rejas o en el exilio. La Ley Mordaza y las reformas laborales que prometieron derogar siguen intactas. El Ministerio de Sanidad, amparado en el Estado de Alarma, podría haber echado mano de la sanidad privada y de la industria a su antojo, pero se negó a hacerlo incluso en una situación de extrema necesidad. Los desahucios han seguido ocurriendo a lo largo de la pandemia, aunque los nieguen con tan poca vergüenza como en su día los negó Carmena.

El problema de la concepción del Estado como poder neutral

La lista de cosas que no quieren cambiar es tan larga como queramos hacer este artículo. La lista de cosas que no podrían cambiar, aunque tuviesen intención de hacerlo, aún mayor. El funcionamiento del Estado va mucho más allá de las decisiones del gobierno. Ejemplo claro de los límites de la vía reformista fue el derrocamiento de Allende en Chile, que ganó las elecciones con un programa socialista sólo para encontrarse con que la burocracia del Estado ‘atornilla al revés’. El administrativo subidito, la ventanilla del ‘vuelva usted mañana’, los jueces y fiscales, la policía y los militares… Son muchas las capas sociales que constituyen los diversos aparatos del Estado y que tienen un poder objetivo sobre la gestión de nuestras condiciones de vida, sin mediación electoral que valga.

Augusto Pinochet se pasea saludando, tras la muerte del presidente Allende
Foto: Augusto Pinochet, dictador chileno, saluda el 11 de septiembre de 1973 en Santiago, tras la muerte del presidente Allende, elegido en las urnas. – AFP

Nunca falta el reformista que se empeña en leer en diagonal y llega a la conclusión de que tomar el Poder del Estado es algo que se hace ganando unas elecciones parlamentarias. Que el Estado es una herramienta desclasada que se puede “usar” a nuestro favor. Que el ejército de jueces, fiscales y policías va a dejar de hacer valer la voluntad de la clase dominante sólo porque un “gobierno obrero” lo pida. ¿Cómo? ¿Van a echar por tierra la jurisprudencia que avala el uso unilateral de la Constitución como blindaje de la explotación capitalista? ¿Van a renovar el cuerpo entero de jueces, fiscales y abogados de oficio, echando a todos aquellos que han sistematizado el desprecio al pobre que pone pie en sus tribunales? ¿Van a desarticular los sectores de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que se dedican a la represión (es decir, casi todos)? Y pensemos internacionalmente. ¿Van a recuperar las competencias que se cedieron a la Unión Europea, al capital financiero extranjero, sabiendo que esto implica salirse de la misma? ¿Van a expulsar las bases militares extranjeras de nuestro territorio? ¿Van a salirse de la OTAN y dejar de participar en la explotación económica y la extorsión militar a los países imperializados?

Cualquiera que atienda honestamente a los problemas de la clase trabajadora nacional e internacional, y que tenga la menor intención de resolverlos, va a llegar más pronto que tarde a la única conclusión realista: de este Estado no pueden quedar ni las cenizas. El que diga lo contrario, está estafando al pueblo. Bien porque miente a sabiendas, bien porque se equivoca.

Las consignas sobre la derechización de la derecha

Por otro lado, no hay mucho que decir de la enésima iteración del discurso que pivota en torno a “No podemos jugar a no votar. Esta derecha es peor que la anterior, hay que pararlos”. La derecha que viene siempre es peor, porque el futuro da inevitablemente más miedo que el pasado. El resultado a largo plazo es que el miedo a la derecha sirve de justificación permanente para tragar con un programa social patético, que al final ni se cumple. El miedo a la derecha no es un argumento de uso puntual. No es por Vox. Es su punto de partida en absolutamente todos los procesos electorales. ¿Acaso alguna vez habéis oído a alguien decir “Esta vez no voy a votar, que la derecha que se presenta no da tanto miedo como para arriesgarme a legitimar la opresión del Estado”? Asumimos que no. El miedo a ‘la peor derecha de la historia’ es, irónicamente, la verdadera constante histórica del electoralismo de izquierdas. Esta es la propuesta real de la socialdemocracia: “Vuestra calidad de vida empeora, pero más despacio. Y así para siempre. No hay otro futuro. Nos vemos en cuatro años”.

Hacia un proyecto político propio

Se entiende que mucha gente prefiera, ante la falta de alternativa, que los palos vengan más despacio. Es un instinto de supervivencia comprensible, que no tiene sentido reprochar a nivel individual en la ausencia de un proyecto político emancipador. Lo inadmisible es, precisamente, negar la necesidad de dicho proyecto. Mientras tantos enarbolan la bandera roja en una pugna por postularse como Mal Menor, nuestra clase sigue políticamente huérfana, desorientada y derrotada. Sus viejas estructuras le dieron la espalda, traición tras traición, reconociendo de pleno las reglas y los valores del enemigo, legitimando de facto todas las formas de violencia que nos imponen.

La política no se hace en el Parlamento, y nunca se ha hecho. Los que lo frecuentan bien lo saben. Los sectores populares que recurren a la movilización combativa, también, pues así lo señalan sus consignas (La lucha está en la calle, y no en el Parlamento). Cada vez que el funcionamiento real del Estado asoma la patita, los medios de comunicación cumplen su papel mareando la perdiz o catalogando el evento de corrupción y o de exceso individual. Nada más lejos de la realidad. La política formal, la que encauzan las instituciones, no puede ser más que una correa de transmisión de decisiones tomadas mucho más arriba. Actuemos en consecuencia. Rompamos con sus normas, desterremos al olvido su falsa moral, y echemos por tierra sus retorcidas estructuras. Y construyamos, con los escombros, una sociedad en la que merezca la pena vivir.