pez chiquito que se come al pez grande es a la vez comido por un pez mayor

Los límites del asamblearismo

En el movimiento popular se habla mucho de que hay que organizarse, pero casi siempre en abstracto; siempre con énfasis en el cuanto, en cómo conseguir que más gente se organice. La obsesión por el aspecto cuantitativo resulta necesariamente en un desprecio por lo cualitativo. Sí, queremos que más gente se organice, pero tenemos que hablar del cómo. Y del con quién, y para qué, e incluso contra qué o contra quién. Cada incógnita da más vueltas a todas las anteriores, y los ríos de tinta que se han vertido son presagio claro de que no vamos a resolver nada con un sólo artículo. En este texto nos centraremos en un aspecto concreto del cómo. La forma organizativa más sencilla, la asamblea, señalando sus características fundamentales y sus limitaciones.

asamblea masiva 15M
Foto: asamblea del 15M en el que las participantes piden turnos, apoyan y deniegan propuestas

Una vista al movimiento popular

La cuestión organizativa es absolutamente central para el movimiento obrero. Especialmente en un capitalismo maduro, donde todo lo que nos viene dado ha sido progresivamente moldeado para apuntalar al sistema, la mera forma de vincular nuestras acciones individuales para constituir una fuerza común (es decir, organizarnos) es sujeto de los más enconados debates. Y no sin motivo. Da igual cuánto sumen nuestras fuerzas; si cada una tira en una dirección diferente, la suma de nuestros esfuerzos será exactamente igual a cero. Y es que la unidad de acción, sin unidad de organización, es imposible.

El panorama que nos deja la deriva burocrático-estatal de las grandes estructuras socialdemócratas en descomposición (PCE y los sindicatos estatales) o al alza (Podemos) ha sido el desencanto hacia toda estructura organizativa que muestre el más menor atisbo de verticalidad. Así que cuando la necesidad de organizarse trasciende, y las grandes estructuras se perciben como obsoletas, autoritarias o corruptibles, no nos queda otra. Se recurre, por oposición, a la organización más horizontal posible: la asamblea.

La asamblea como forma organizativa

Las asambleas son el modelo organizativo más simple para la toma de decisiones colectivas. Todo individuo se encuentra formalmente a un mismo nivel. Las decisiones se toman por consenso, a poder ser, o por mayoría en caso contrario. Este modelo es muy útil para lograr consensos en grupos reducidos. Su sencillez le confiere su carácter universal: cualquiera puede empezar una, sin restricciones al respecto del contenido de la misma, y es perfectamente improvisable. Además, el entrelazamiento entre asambleas podría dar lugar a formas organizativas cualitativamente superiores, si se hiciese correctamente.

Sin embargo, cuanto más grande es el grupo que la compone, más ineficiente se vuelve para desarrollar el trabajo diario. Ante esto, es común la formación de comisiones a las que se le encomiendan labores técnicas concretas, que agilizan el trabajo práctico pero mantienen el problema de ser incapaces de crecer su órgano político. Además de la formación de comisiones, en regiones donde abundan los activistas también es común la formación de asambleas paralelas, que tratan diferentes temáticas sobre el mismo territorio, cada una políticamente autónoma y soberana. En cualquiera de los casos, la dirección política horizontal y directa limita el tamaño que estas pequeñas organizaciones pueden adquirir sin escindirse eventualmente.

Algunos de los problemas de nuestra clase plantean batallas que son asequibles para una asamblea, y otras que no. Una asamblea de vivienda de un tamaño razonable puede parar más de un desahucio, sí, pero jamás va a cambiar el hecho de que los jueces sigan convocando desahucios y la policía ejecutándolos. Desde luego, todas estaremos de acuerdo en que el objetivo político no puede ser resistir penosamente para siempre, eternamente incapaces de atacar, aspirando simplemente a sufrir los menores golpes posibles hasta el fin de los tiempos. Y es de esta comprensión intuitiva de la necesidad de enfrentarse a problemas más grandes que los que una asamblea puede enfrentar, surgen las coordinadoras y plataformas.

Coordinación: el parche que cubre la desorganización

Coordinadora de asambleas de vivienda, Coordinadora contra la privatización de la sanidad, Coordinadora de pensionistas de X, Movimiento Antirrepresivo de Y, Coordinadora contra las casas de apuestas… Podríamos listar otras 25, sin salir de la M-30.

Por mucho que intentemos trocear el movimiento obrero en compartimentos separados, la realidad es unitaria y la lucha también. La elección del modelo organizativo condiciona todos y cada uno de los pasos del movimiento popular.

Todas estas estructuras de aglutinamiento de colectivos independientes (generalmente asambleas, pero también otras organizaciones más elaboradas) persiguen objetivos políticos con los que estamos unánimemente de acuerdo, pero afrontarlos desde coordinadoras formalmente desvinculadas acarrea ciertos problemas organizativos congénitos:

  • Las organizaciones que forman parte de las coordinadoras mantienen su línea política independiente, intacta y soberana. A raíz de esto, la propuesta política de la coordinadora se dibuja dentro de tantas líneas rojas como organizaciones independientes las integran. Efectivamente, es un acuerdo de mínimos.
  • Por lo general, la fuerza que las organizaciones transfieren a una coordinadora es mucho menor que la suma de las fuerzas originales. Esto está relacionado, por supuesto, con que cada organización aspira a estar presente en tantas coordinadoras como puede.
  • Fomentan el activismo a la carta: cada individuo o pequeño colectivo puede elegir trabajar lo que subjetivamente le resulte más apetecible o prioritario, al margen de las necesidades objetivas colectivas de la clase que pretende representar.

Por mucho que intentemos trocear el movimiento obrero en compartimentos separados, la realidad es unitaria y la lucha también. La elección del modelo organizativo condiciona todos y cada uno de los pasos del movimiento popular. ¿Cómo de ridículo sería el movimiento del cuerpo humano carente de sistema nervioso central, con un pequeño cerebro en cada músculo, que se comunicasen con los cerebros de los demás músculos de forma ocasional? ¿Aprendería a andar algún día? ¿Cuántas décadas más vamos a fingir que este planteamiento es el mejor?

En una sociedad consumista, discretizada e individualista, las asambleas políticamente independientes, voluntariamente coordinadas, pasan a ser la apología de la individualidad transpuesta a la organización colectiva. La dupla crítica-autocrítica se cercena en pos del máximo respeto a la opinión del individuo y a su derecho a realizar su activismo como le dé la gana. En el mejor de los casos, la autocrítica se convierte en el respeto recíproco a una síntesis ecléctica de varias opiniones enfrentadas, en ocasiones erróneas, que se lastran mutuamente.

De la misma forma que una serie de reformas parciales no suman una revolución, es también cierto que una miríada de agrupaciones fragmentadas por región y temática no constituyen una organización revolucionaria

Si los problemas de la clase obrera afectan a esta en su conjunto, igual de conjunta debe ser la respuesta. Si aceptamos que esta es la realidad, la fragmentación ad infinitum de la dirección política sólo puede jugar en nuestra contra. No se trata de disolver las pequeñas estructuras de base que ya existen, puesto que nadie discute que a ellas les compete concretar una dirección política en la situación concreta (y nadie discute que las asambleas barriales conocen el barrio mejor que nadie). Se trata, como planteamos al principio, de su correcto entrelazamiento. Evidentemente, eso depende de para qué y contra quién nos organizamos.

Nuestras Necesidades organizativas

El enemigo que nos ha tocado enfrentar es un estado fuertemente centralizado y completamente desarrollado, capaz de imponerse por completo en todo el territorio que pretende abarcar. El ejército de jueces, fiscales y fuerzas de seguridad (públicas y privadas), permanente y profesionalizado, está férreamente organizado para defender los intereses del capital y del Estado que lo sostiene. El grado de disciplina presente en dichos organismos es altísimo: las oposiciones y los procesos de adiestramiento y selección de candidatos están diseñados para garantizarlo. A este aparato de represión directa se le suma el poder que los medios de comunicación, que naturaliza la violencia del sistema e inculca en la inmensa mayoría de la población el marco político burgués del estricto parlamentarismo. Este efecto sobre la ideología de las masas se potencia por el factor objetivo de que cada vez menos aspectos de nuestras vidas se desarrollan al margen de la lógica capitalista, especialmente en las ciudades (en las que se concentra hasta el 80% de la población del estado).

Urge reconciliar las dos necesidades organizativas de nuestra clase: la libertad de discusión y la unidad de acción

Estamos hablando, por lo tanto, de que nuestro enemigo es un ejército de centenares de miles de profesionales altamente especializados en la represión, apuntalado por los mayores órganos de propaganda de la historia de la humanidad, en unas circunstancias ideológicas que les resultan altamente favorables. Pretender enfrentarse a este monstruo coordinando externamente pequeñas organizaciones, que mantienen su plena independencia política y de decisión, es una ilusión que nos condena a la derrota. La clase obrera necesita estar a la altura de su enemigo si quiere tener la menor esperanza de poner fin a su explotación algún día.

Urge reconciliar las dos necesidades organizativas de nuestra clase: la libertad de discusión y la unidad de acción. La libertad de discusión es imprescindible para que el movimiento revolucionario pueda nutrirse del conocimiento de todos sus integrantes; deficiencias en la libertad de discusión resultan en un burocratismo indistinguible de la política burguesa. No obstante, una vez se llega a una resolución en el debate conjunto, es imprescindible que aquellos que estén en desacuerdo asuman la línea política acordada por la mayoría. La capacidad de mantener la disciplina cumpliendo las directrices colectivamente construidas es condición necesaria de cualquier esfuerzo revolucionario. En el Estado Español existen organizaciones que funcionan de esta manera internamente, pero están todavía muy lejos de superar esa fragmentación y ceder su dirección política a un esfuerzo conjunto, colectivo, que abarque al movimiento popular en su totalidad y le confiera el carácter revolucionario que necesita. Este es el primer problema que debemos resolver si queremos aspirar a la victoria.

Esta combinación de libertad de discusión con unidad de acción es la esencia del centralismo democrático, sobre el que sin duda escribiremos más detenidamente en el futuro. 

Conclusión

Nuestra clase necesita construir para sí misma una dirección política unificada, capaz de aprovechar al máximo el conocimiento y la fuerza de cada militante y activista. El individualismo no tiene lugar en esta fórmula, sea este ejercido por una persona o por un grupo de ellas.

Las asambleas, como todo, tienen su utilidad y lugar. En este artículo no planteamos despreciarlas ni desterrarlas, sino simplemente poner en perspectiva que toda herramienta tiene una capacidad necesariamente limitada. La tendencia a elevar los intereses políticos subjetivos de pequeños grupos de personas por encima de los intereses de la clase en su conjunto es uno de los principales problemas observados.

De la misma forma que una serie de reformas parciales no suman una revolución, es también cierto que una miríada de agrupaciones fragmentadas por región y temática no constituyen una organización revolucionaria (aunque puedan formar parte de ella). La obsesión por el crecimiento cuantitativo nos ciega y condena a sufrir las mismas carencias cualitativas año tras año, década tras década. En la ausencia de una dirección política de clase, aumentar el número de asambleas, coordinadoras, plataformas y frentes sólo sirve para diluir nuestras fuerzas todavía más.

La organización revolucionaria es la columna vertebral de cualquier proceso revolucionario. Y es que sin columna vertebral, todos los órganos que nos esforcemos en construir no serán más que un charco en el suelo, bien de horizontal, listo para ser pisoteado por la disciplinada bota del Cuerpo Nacional de Policía.

 

Por R.Tejada y Xavier Castellanos